No existe más tu cuerpo
sólo en inexplorados territorios,
en tiempos sin tiempos,
Pero puedo oír tu alma
enamorada
y resuena en su silencio:
en los incendios anaranjados,
otoñales,
coloridos
de las tardes,
como las amabas.
Cocoteros en reverencia
a tu llegada,
las palmeras como escoltas,
las gaviotas cortejando
tu marino lecho,
nadando en tu ventana.
Y el almendro entre
arrecifes
contempla tu horizonte
y las hojas marrones,
ya doradas,
saludan tu andar
y se miran y te miran
sobre el cristal de las aguas.
Porque elegiste al Caribe
como matriz postrera,
como jardín final
de perlas cual flores
que paren esencia
sobre tu almohada.
Y con las algas
vive tu aliento,
entre los peces
nutres el yodo,
la sal,
la luna cómplice
y banderas levantas al día
rompiendo nudos de corales
y a la libertad del mar,
le cantas.
Oigo tu risa de niño
mojado y sincero
saltando en las crestas
que riza el viento
y tu mirada de loco,
saltarín, travieso
enciende auroras
desde tu puerto.
Rosanna Salazar
(dominicana)
10/2010